Hago pan. Lo confieso. Como siempre, tras mucho tiempo contemplando la posibilidad en toda su amplitud epistemológica (es decir, tocándome los buebos y pensando qué pereza) y leyendo sobre panaderos caseros, con envidia, me lancé a hacer mi propia masa madre, y un par de meses después, a hacer mi propio pan en casa. Y dirán ustedes: "ferpecto, pos que taproveche y no tengorde mucho el culo". Y efectivamente no es el tema para reclamar una medalla, pero traigo aquí tan personal manía porque no es tan personal. Está imbricada en un movimiento mucho más amplio. No solo en lo que al pan se refiere, sino en tantos otros artesanados, en este nuestro primer mundo de alta tecnología y vida en la nube. En cocina, costura, manualidades diversas (algunos realmente interesantes), tuneo culto e historicista de coches y, mi preferido, el bike enhancement (el término me lo acabo de inventar, lo confieso esto también), tuneo golfo de motos, hay quien vuelve al hecho en casa, con estas manitas y mi tricotosa.
Me llama la atención el hecho de que en este iMundo en que vivimos, cada vez más gente sienta esa pulsión por hacer por sí misma cosas y productos que el mercado le ofrece en variedad, calidad y precio. Y no puede ser solo cuestión de precio, ya que el coste/hora de estas artesanías es inmenso, y el tiempo robado al ocio, la siesta o el sueño. Mi santa (santa debe ser para aguantarme) cose. Cose artículos que fácilmente se podrían encontrar en mil sitios (no con tan depurado diseño y factura, no vaya a quedarme sin mojo esta semana), pero ese no es el quid. La sensación de fabricar algo tangible en nuestra economía de servicios, de segmentos en una cadena de valor virtual, más la satisfacción del trabajo manual, deben tener algo que ver.
Me gusta cocinar. Soy tripero y no hay mayor placer para un tripero que saborear lo que ha cocinado (cuando sale bien, claro está). Hago mis propias mermeladas, mis bizcochos y magdalenas tienen cierto éxito de crítica y público, y mis mazapanes me han conseguido incluso alguna propuesta de matrimonio (de un aparejador entrado en la sesentena, pero menos da una piedra). Pero nada es comparable al pan. Primero la masa madre, que es como un tamagotchi y hay que cuidarla y mantenerla, y revivirla cuando la vas a usar. Y luego el proceso de hacer el propio pan, con su liturgia de reposos y amasados y fermentación, que puede llevar fácilmente un día, a poco tarde que se levante uno. Ver como crece, como se gasifica y se va formando la miga, y pensar: "con éste se va a cagar la culebra" no viendo el momento de meterlo en el horno pero sabiendo que el respeto de los tiempos es la clave del resultado.
Pero aparte de esos placeres del downshifting, el pan tiene algo más, algo arcano y primigenio, algo de repetir movimientos que ya se hicieron hace miles de años, algo de principio de todo alimento procesado, cultural. Lo primero que debieron pensar nuestros ancestros al comerse el mamut que habían cazado, es que qué cognio podían mojar en la salsa.
Y leyendo sobre los viajes panarras de Dan Lepard en su libro Hecho a mano (The handmade loaf, en su nombre infiel antes de ser convenientemente traducido al cristiano), del cariño artesano, la dedicación y el conocimiento, el oficio, que los diferentes panaderos de los más varados rincones de Europa vierten en su quehacer, me ha venido a la cabeza la labor del arquitecto artesano. Lo que debía ser un Sota, un Oiza, un Corrales, en sus buenos tiempos, resolviendo un encargo con todo su oficio, pensando en su cliente, no en la revista en la que lo van a calzar (o el viaje que le pueden meter al erario público, ¿eh, Santi?). Lo que debe ser un Zumthor, hoy en día, o tantos profesionales anónimos, alejados de los focos de los medios y, lo que es mucho más difícil, de internet. Ya está, me he puesto ñoño.
Y supongo que la pregunta es: con un comienzo tan político del blog, ¿qué cognio hace éste hablando de panes, en el fin de semana, además, en el que las condiciones eran tan ventajosas que no pudimos decir que no a una línea de crédito (por la que presionó tan duramente nuestro Naniano) del 10% de nuestro menguante PIB o el 1000% de la merma en educación para que los niños socialicen? Pues muy fácil, con el cariz que están cogiendo las cosas, ésto se está poniendo en modo Mad Max, así que no está de max aprehender algunas arcanas habilidades. A ver si agarra el trigo en las jardineras de la terraza, y ya estaré preparado para un apocalipsis zombi.¡No, mierda, no sé hacer cerveza...!
Y ya está. Incompleto y quizá inconexo, pero si no no me voy a dormir. Prometo próximas entradas con polémica, morbo y hasta algún desnudo, pero de momento me voy a hacer un bocata que me va a reconciliar con la humanidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario